Obra en progreso
La rebelión de los Kasinas
Libro I: La Armería
La rebelión de los Kasinas es una trilogía en construcción. Una historia de poder, supervivencia y ruptura, donde una sociedad organizada bajo sus propias reglas comienza a mostrar las grietas de su aparente equilibrio.
La Armería, primer libro de la trilogía, abre este mundo narrativo y presenta los primeros conflictos, personajes y fuerzas que darán forma a la rebelión.
Esta sección reúne los capítulos iniciales de la obra como adelanto de lectura.
I
Había una gran cantidad de gente reunida en la plaza de B***. El mundo entero celebraba hacía varias horas la llegada del año 2002 y B*** no se quedaba atrás. Una tarima, ubicada en el medio de la plaza más famosa del centro de la ciudad, rodeada por endebles vallas de seguridad, donde cantantes - unos famosos y otros no - celebraban con la gente que se apiñaba alrededor, el fin del 2001. Había sido un año grandioso para pocos, normal para otros y mediocre para muchos. La economía nacional se encontraba tambaleándose, todavía en cuidados intensivos después de su caída por ahí en 1999. El pueblo lo sabía, así como también sabía que poco a poco las cosas comenzaron a mejorar. Hacía dos años nadie salía de B*** de vacaciones de Navidad y ahora la ciudad tenía un cuarto de habitantes menos. Ese cuarto se encontraba celebrando en ese mismo instante en las costas de este grandioso país. Todavía faltaban más de treinta minutos para el fin del año y los que se encontraban en la plaza se afanaban por emborracharse para sentir en el fondo del alma la canción obligatoria que, como haciendo parte de un ritual milenario, sonaría cuando faltaran cinco minutos para las doce.
II
Hacía un sol de los mil demonios ese primero de enero. Jaime Agudelo, tocayo de un actor de la televisión, realizaba malabares en su cama, tratando de esquivar los malignos rayos solares que se colaban por la ventana. Se acostó a las seis de la mañana, justo cuando los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar la, todavía borracha, ciudad. Se cubrió con las cobijas, tratando de ocultarse del astro rey, pero desistió por el insoportable olor a vómito que procedía de debajo de las cobijas. Abrió los enrojecidos ojos y miró el reloj. Eran las diez de la mañana. “Mierda, tan solo cuatro horas”. Se quedó mirando el techo, sintiéndose incapaz de levantarse. Estuvo, como todo el mundo, de juerga la noche anterior y se había pasado un tanto de cerveza, como de whisky, aguardiente, ron, champaña y vino. Y ahora su cuerpo le hacía saber que no estaba de acuerdo con la cantidad de alcohol ingerido.
III
La ciudad, a pesar de ser más de la una de la tarde, se encontraba desocupada. Unos pocos taxis y buses transitaban por las calles y parecían multicolores depredadores en busca de algún despistado pasajero. Jaime conducía su erre cuatro sin muchos afanes. Al fin y al cabo, por más que fuese una emergencia, él no planeaba comenzar el año en una habitación de hospital. Los pocos carros que recorrían las calles lo hacían a velocidades que, en algunos casos, podrían competir con los de los autos del autódromo de T***. Él no quería cometer esa imprudencia. Ya rodeó un accidente bastante horrible entre dos automóviles, un taxi y una moto. No supo si había muertos o heridos, pero lo probable era que el de la motocicleta estaría tocando a las puertas del cielo en este mismo momento. La moto quedó debajo de un automóvil, mientras el otro terminó volteado unos cuantos metros más adelante y el taxi tenía su motor en el maletero del carro que estaba sobre la moto. Curiosamente, no vio ningún policía cerca.
IV
Mientras Jaime realizaba el último examen de su vida y Sandra y los dos practicantes trataban infructuosamente espiar lo que hacía el doctor con los oficiales en el laboratorio, un hombre caminaba por una gran autopista en las afueras de B***. Era un campista e iba ataviado con todo lo necesario para acampar. Su meta era llegar a una represa ubicada a hora y media, en carro, de B***. Estaba caminando desde la madrugada y sería uno de los pocos habitantes de la ciudad que no se emborrachó la noche anterior.
Su nombre era Diego Camacho e ir a la represa el primero de enero de cada año, su ritual.