III


La ciudad, a pesar de ser más de la una de la tarde, se encontraba desocupada. Unos pocos taxis y buses transitaban por las calles y parecían multicolores depredadores en busca de algún despistado pasajero. Jaime conducía su erre cuatro sin muchos afanes. Al fin y al cabo, por más que fuese una emergencia, él no planeaba comenzar el año en una habitación de hospital. Los pocos carros que recorrían las calles lo hacían a velocidades que, en algunos casos, podrían competir con los de los autos del autódromo de T***. Él no quería cometer esa imprudencia. Ya rodeó un accidente bastante horrible entre dos automóviles, un taxi y una moto. No supo si había muertos o heridos, pero lo probable era que el de la motocicleta estaría tocando a las puertas del cielo en este mismo momento. La moto quedó debajo de un automóvil, mientras el otro terminó volteado unos cuantos metros más adelante y el taxi tenía su motor en el maletero del carro que estaba sobre la moto. Curiosamente, no vio ningún policía cerca.

En fin, Jaime se tomó su tiempo para llegar al laboratorio. Hasta se detuvo un momento en una tienda que encontró abierta por el camino ese primero de enero. Seguramente su dueño estaría bastante desesperado. Todos los demás almacenes permanecían cerrados. Incluso los vendedores ambulantes, que pululaban tanto como los carros en días habituales, desaparecieron. Ahí Jaime compró un par de cervezas heladas que necesitaba con urgencia. Habría querido comprar más, pero eran las últimas dos que quedaban, porque la noche anterior se tomaron literalmente todo lo que había. Así se lo explicó el dueño de la tienda: un viejito bonachón, con bigote negro que resaltaba sobre su cara tostada por el sol sabanero y ojos subrayados por enormes ojeras: producto de una noche de insomnio. Jaime se tomó la primera cerveza acompañado del agradable parloteo del viejito y hasta se atrevió a comerse un par de empanadas que parecían formar parte del inventario del local. Después se despidió del amable tendero y por fin, sintiéndose reconfortado, aceleró en dirección al laboratorio.

El sitio donde Jaime trabajaba quedaba ubicado en el sur de la ciudad. Era un laboratorio médico y, por primera vez, Jaime sentía cierta curiosidad del por que la policía les diera un trabajo. No era normal que el departamento recurriese a un laboratorio privado. De hecho, hasta donde él sabía eso nunca pasó. 

En el parqueadero del laboratorio había cinco carros estacionados. Dos pertenecían a los practicantes de turno, un viejo y destartalado Simca era propiedad de la secretaria. Los otros dos eran nuevos para Jaime. Sospechó que pertenecían a la policía y no se equivocó al ver que los autos no tenían placas. Estacionó su automóvil al lado del Simca. En seguida, como si estuviesen pendientes de su llegada, la puerta principal se abrió y la secretaria con cara congestionada salió a recibirlo. 

- ¡Feliz año, Sandra! - Saludó él sin mucha emoción.

- Lo mismo, doctor. Los oficiales están esperándolo.

Jaime salió del carro, se alisó la camisa y revisó con cuidado su vestuario:

- Vamos.

Entraron en el edificio y Jaime pudo ver a tres hombres vestidos de paisano que esperaban junto al recibidor.

- Buenos días. - Saludó con timidez Jaime. Toda su bravura se esfumó al estar frente a oficiales de la ley. Él era un crítico del gobierno y anarquista sin par, siempre y cuando la ley no anduviera cerca, pero se volvía gelatina cuando tenía a un oficial enfrente. 

- Buenos días, doctor Agudelo. - Saludó uno que vestía un saco gris. Los otros dos ni se inmutaron ante el saludo de Jaime. Se limitaron a estudiarlo con la mirada, tal y como lo hacía él mirando bichos - como llamaba a diferentes microorganismos - por el microscopio. - ¿Todavía de fiesta?

- ¿Eh? - Jaime no entendió a lo que se refería el de paisano.

- No importa.

Y entonces Jaime comprendió que el policía sintió el tufo de la cerveza que acababa de tomarse.

- Ah... No. Pero ando con un guayabo... - Jaime estiró la frase hasta parecer un largo y lastimero quejido.

- Sí, así está la mayoría. - El oficial sonrió, bonachón, pero enseguida la sonrisa se borró de su rostro. - Creo que sería mejor dedicarnos a lo que venimos, doctor Agudelo. 

Los otros dos, como siguiendo una orden telepática, se levantaron al unísono y se acercaron al que hablaba con Jaime. 

- Bueno, - se resignó una vez más, Jaime. - Ustedes dirán para qué soy bueno.

Los tres se miraron entre sí y luego miraron a la secretaria, quién a pesar de mostrar una total indiferencia, estaba pendiente de cada palabra que se dijera en la habitación. Jaime siguió la mirada de los oficiales, pensó un rato, por fin comprendió y dijo:

- Vamos a mi oficina.

Hacía más fresco en la oficina. Era increíble el calor que se sentía en las calles. Jaime no recordaba una época como esta y así se lo hizo saber al que ahora consideraba como jefe de los oficiales.

- Vaya calorcito.

- Sí. - Fue la monosílaba respuesta del jefe. - Ahora me gustaría que examinara estas muestras de tejido.

En seguida uno de sus subordinados se acercó con un maletín, lo depositó en la mesa y abrió con cuidado. Extrajo una bolsa plástica sellada al vacío e hizo el ademán de entregárselo al jefe. Este le indicó con la cabeza a Jaime.

- Y ¿qué es? - Preguntó con cierta curiosidad Jaime al recibir el paquete.

- Espero que usted sea capaz de decirnos. - Respondió el oficial.

Jaime miró el contenido sin abrirlo. Parecía una muestra de tejido muscular, pero no sabría decir si era humano. Le dio una vuelta al paquete tratando de descubrir algo fuera de lo común, pero no vio nada.

- Tendremos que usar el instrumental y es un proceso largo... - Comenzó a quejarse Jaime, tratando que los oficiales cambiaran de opinión. - Después habrá que realizar el examen y el estudio... Vuelvan en una semana, creo que para entonces tendré el análisis. - Concluyó esperanzado al ver que los de paisano no respondían.

- No se preocupe, doctor. No necesitamos un análisis completo. Tan sólo su opinión sobre lo que es, además de unas características generales que, estoy seguro, se pueden tener en una o dos horas. - Terminó el jefe con un tono gélido de voz.

Jaime lo miró con rabia, pero supo tragársela. Ese señor debía ser alguien acostumbrado a tener un no por respuesta. Y, ahora que lo pensaba, sería algún especialista en la materia, de otro modo se comería el cuento de la semana.

- ¿No tienen ustedes el personal necesario para conocer esta información? - Preguntó Jaime sin poder ocultar la ironía.

- Sí.

- Entonces, ¿por qué acuden a este laboratorio?

El jefe miró largamente a Jaime antes de dar una respuesta. Parecía escudriñar hasta el fondo del alma del doctor Agudelo, tratando de identificar si ese hombre sería capaz de mantener la boca cerrada. Aparentemente decidió que así era:

- Ya hemos realizado los respectivos análisis en nuestro laboratorio, Doctor Agudelo. - Comenzó a hablar el jefe con premeditada lentitud. - Desafortunadamente, el resultado obtenido no... ¿Cómo decirlo? No nos satisface. Por eso me gustaría una segunda opinión.

Jaime analizó lo dicho. 

- De acuerdo. ¿Qué es el contenido de la bolsa?

- Tejido humano. - Contestó el oficial.

- ¿Tan poco?

- Es una lástima, pero no le puedo proporcionar más. Utilizamos otra muestra en nuestro examen y está es la única que queda sin contaminar.

Jaime temió seguir preguntando. Ya se había dado cuenta que sabía más de lo necesario y no quería tener oficiales pegados a su trasero el primer semestre del año. 

- De acuerdo, vamos.

Llegaron al cuarto donde se encontraba el instrumental y Jaime prendió uno de los equipos. Luego, se colocó un par de guantes y se preparó a abrir la bolsa. A penas hizo fuerza para abrir el paquete, cuando el oficial lo tomó de la mano, deteniéndolo, y lo obligó a mirarlo directamente a los ojos:

- Lo que aquí suceda o usted vea, no sale de esta habitación, ¿entendido? - El tono frío y amenazador del Jefe no daba lugar a mal interpretaciones. Jaime tragó con dificultad.

- Si, señor. - Respondió y se dispuso nuevamente a abrir el paquete.

- ¿Entendido? - Volvió a sonar la voz del oficial, esta vez subiendo de tono.

- Sí...

- Entonces, antes de continuar, necesito que firme unos papeles... - Dijo el Jefe soltando la mano del doctor y haciendo un ademán a uno de sus subalternos. 

El del maletín dio un brinco al ver la señal del oficial y se acercó veloz a la mesa. Colocó sobre ella el maletín y luego de abrirlo extrajo unos papeles con un matasellos que Jaime nunca había visto. Se los pasó a su superior.

- ¿Quiere firmarlos?

Por primera vez en toda la tarde, Jaime comenzó a sospechar que algo andaba muy, pero muy mal. Tomó con nerviosismo los papeles y los ojeó con rapidez. Hablaban algo sobre Seguridad Nacional, compromiso de silencio y mencionaban un organismo del que Jaime nunca oyó hablar.

- ¿Es necesario? - Preguntó con voz trémula Jaime.

- Es por su propia seguridad, doctor. - El Jefe dudó un instante, y continuó: - Pero si no está seguro, o no quiere continuar, nosotros nos retiraremos y buscaremos otro laboratorio, con otra persona quién, con toda seguridad, querrá ayudar al gobierno en su trabajo y usted continuará con su vida de siempre. 

Jaime pensó un segundo, antes de tomar la decisión definitiva. Esta era su oportunidad. Si él firmaba estos papeles, sería alguien por fin. No un simple laboratorista de segunda, mal pagado. Alguien respetado, trabajando para el gobierno, quizás con un sueldo de ministro por su silencio. ¡Mierda que sí! Pensó feliz Jaime. El miedo desapareció de la misma manera como apareció y una sonrisa de satisfacción cruzó por su rostro:

- De acuerdo. - Dijo y con pulso firme, firmó su sentencia de muerte, así como la del personal que se encontraba en el edificio.

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