I
Había una gran cantidad de gente reunida en la plaza de B***. El mundo entero celebraba hacía varias horas la llegada del año 2002 y B*** no se quedaba atrás. Una tarima, ubicada en el medio de la plaza más famosa del centro de la ciudad, rodeada por endebles vallas de seguridad, donde cantantes - unos famosos y otros no - celebraban con la gente que se apiñaba alrededor, el fin del 2001. Había sido un año grandioso para pocos, normal para otros y mediocre para muchos. La economía nacional se encontraba tambaleándose, todavía en cuidados intensivos después de su caída por ahí en 1999. El pueblo lo sabía, así como también sabía que poco a poco las cosas comenzaron a mejorar. Hacía dos años nadie salía de B*** de vacaciones de Navidad y ahora la ciudad tenía un cuarto de habitantes menos. Ese cuarto se encontraba celebrando en ese mismo instante en las costas de este grandioso país. Todavía faltaban más de treinta minutos para el fin del año y los que se encontraban en la plaza se afanaban por emborracharse para sentir en el fondo del alma la canción obligatoria que, como haciendo parte de un ritual milenario, sonaría cuando faltaran cinco minutos para las doce.
Todo y todos se encontraban de fiesta. Sólo un hombre entrado en años, vestido con traje negro y una corbata roja que resaltaba sobre su inmaculada camisa blanca, no encajaba en la situación. Unos anteojos oscuros cubrían su rostro y mantenía las manos en los bolsillos de un pesado gabán que lo protegía del frío de la noche. No pertenecía al lugar y muchos de los asistentes a la celebración se daban cuenta de ello. Le ojeaban con una veloz mirada, pero el ambiente no daba lugar para sospechas y dudas, así que lo olvidaban casi al instante y seguían de largo. El hombre permanecía sentado en las escaleras de un gran edificio y no daba señas de estar vivo.
Dos pordioseros, que rondaban la plaza sin mezclarse con la gente y se limitaban a observar la fiesta desde lejos, esperando al siempre oportuno borracho para atracar, se habían fijado en él. Ambos se encontraban bajo el efecto de los gases que emanaban de una botella de pegante que uno de ellos mantenía apretada en una de sus mugrientas manos. Llevaban vigilándolo más o menos una hora y ya estaban casi seguros que si el hombre del traje negro no estaba muerto, por lo menos estaría durmiendo la rasca, o con una buena dosis de droga en el cuerpo.
- Entoes qué, llave. ¿Le hacemos? - Preguntó uno.
El otro se tomó su tiempo en responder. Estaba pasando una patrulla de la policía y ambos se echaron instintivamente contra la pared para confundirse con las sombras. Sabían de sobra que a algunos oficiales no les gustaba ver a los de su clase en celebraciones como esta. Y cuando atrapaban a alguno como ellos, casi siempre el asunto terminaba en palizas dentro de la estación de policía, cosa que ellos querían evitar. Afortunadamente para los dos vagos, la patrulla pasó de largo, dirigiéndose quizás a la carrera séptima y ambos respiraron con tranquilidad.
- ¡Déle! - Fue la respuesta que dio el otro y ambos comenzaron a avanzar despacio hacia el hombre.
El primero sacó a relucir un herrumbrado cuchillo que afiló con esmero la noche anterior, preparándose para las festividades.
- Vaya por detrás que yo lo cogeré por delante. - Dijo el que iba desarmado.
- Listo.
Ambos se separaron. El que estaba desarmado esperó a que su compañero diera un buen rodeo para emboscar por detrás al del traje negro. Cuando vio que estaba en posición comenzó a avanzar, poniendo la que él consideraba como la peor de sus caras. Sin embargo algo extraño ocurría. A pesar de que se le acercaba de frente, en pleno campo visual del hombre, el otro no daba señales de vida. “Estiró la pata”, razonó para sí mismo el pordiosero y avanzó con decisión. Su compañero hacía lo propio por la retaguardia y se encontraba a escasos centímetros, listo para “darle su tatequieto” por si el hombre decidía huir o resolver el asunto de otra manera. No obstante, el hombre no se movía de su posición.
- Dotorcito, ¿tiene una moneda que me regale? - Comenzó con la estrategia el pordiosero.
No hubo respuesta.
- Mire que no he comido desde ayer... - Decía mientras se acercaba.
Nada.
Entonces llegó la hora de actuar de su compañero, quién con velocidad se acercó hasta el hombre y apretó la punta de su puñal contra las costillas de la víctima:
- ¡Bájese de lo que tenga! - Le ordenó en un tono no muy firme.
Entonces, el hombre sí se movió...
Con una exasperante lentitud, su cabeza comenzó a girar a la derecha. Primero cinco grados, luego diez, quince, veinte, cincuenta, noventa. Hasta ahí todo iba bien para los pordioseros, pero el giro de la cabeza continuó. Noventa y cinco, cien, ciento veinte. Ambos vagos se encontraban petrificados mirando como la cabeza del hombre parecía una cabeza de las muñecas desarmables que el del cuchillo había encontrado en la basura y regalado este veinticuatro a su hija. Y la cabeza continuaba girando, mientras ambos hombres temblaban del físico terror, sin poder moverse de su sitio.
Al llegar a los ciento ochenta grados la cabeza se detuvo y detrás de los anteojos, el del cuchillo pudo percibir el brillo de unos ojos que no eran humanos.
Trastabillando, quiso emprender la retirada, pero era tarde. El del traje negro se levantó con lentitud y mientras lo hacía él, también sus anteojos, hasta dejar al descubierto algo que paralizó del todo al vago y lo obligó a lanzar un chillido que nadie en su sano juicio podía emitir.
Entonces, el del traje comenzó a avanzar.