II


Hacía un sol de los mil demonios ese primero de enero. Jaime Agudelo, tocayo de un actor de la televisión, realizaba malabares en su cama, tratando de esquivar los malignos rayos solares que se colaban por la ventana. Se acostó a las seis de la mañana, justo cuando los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar la, todavía borracha, ciudad. Se cubrió con las cobijas, tratando de ocultarse del astro rey, pero desistió por el insoportable olor a vómito que procedía de debajo de las cobijas. Abrió los enrojecidos ojos y miró el reloj. Eran las diez de la mañana. “Mierda, tan solo cuatro horas”. Se quedó mirando el techo, sintiéndose incapaz de levantarse. Estuvo, como todo el mundo, de juerga la noche anterior y se había pasado un tanto de cerveza, como de whisky, aguardiente, ron, champaña y vino. Y ahora su cuerpo le hacía saber que no estaba de acuerdo con la cantidad de alcohol ingerido. 

- ¡Mierda! - Graznó. - No vuelvo a tomar. - Y esa gran mentira le hizo sentirse un poco mejor. 

Se levantó, tratando de esquivar el charco de su propio vómito y buscó unos analgésicos en la mesita de noche. Se tragó dos comprimidos en seco. Después, entró en el baño y duró bajo el chorro de agua tibia durante, lo que le pareció, más de una hora. 

Cuando salió, era un hombre nuevo. 

Se vistió con rapidez y buscó su manoseada libreta de teléfono. Después de hojearla durante un rato, por fin dio con el número que buscaba y lo marcó. Al otro lado se tomaron su tiempo en responder.

- ¿Aló? - Respondió una voz soñolienta.

- ¿Qué hubo, Toño?

- ¿Jaime? - La voz al otro lado parecía dudar.

- Sí, hombre. Entonces qué, ¿va’cer asado?

- ¿Asado?

La respuesta hizo titubear a Jaime. Recordaba que la noche anterior acordaron hacer un asado para la resaca de hoy, pero por más fuerza que hiciera no lograba recordar de quién era la idea.

- Pues sí, hombre. Quedamos que hoy había un asado, hombre. 

- Ah, sí... - Antonio parecía por fin despertarse. - Pero no es en mi casa. ¡Mierda! Mi mujer me mata si hago fiesta sin decirle nada y, - la voz de Antonio sonó amarga, - créame, hoy ella no está pa’guantarse una fiesta.

Jaime también dudó. El conocía de sobra a Marisol y sabía que su amigo le estaba diciendo la verdad.

- ¿Pero en casa de quién, entonces?

- Creo que en la de Juancho. Si no estoy mal, él era el que estaba invitando a todo el mundo. Péguele una llamada y me avisa si hay fiesta o no.

- ¿Y su mujer?

- Con esa rasca que tiene, todavía está roncando. Y, créame hermano... no quiero estar presente cuando despierte.

- ¡Ja! Sé a lo que se refiere, hermano. Entonces ya le pego la llamada. Suerte.

- Suerte. - Y Antonio colgó.

Jaime hizo lo mismo, pero antes de llamar a Juan Alberto, se detuvo un momento para agradecer la suerte que tenía. Él y Antonio eran los mejores amigos desde la Universidad. Ambos estaban perdidamente enamorados de Marisol y ella era el único obstáculo entre los dos. Todo se resolvió, cuando en una noche de tragos, estando los tres y una amiga de Marisol, Antonio le tomó la delantera a Jaime y se declaró. Marisol aceptó encantada y comenzó un corto noviazgo que terminó en embarazo y el forzado matrimonio de Antonio con Marisol. Hasta ahí, todo parecía una historia más de las que por miles suceden a diario en el mundo. Lo especial era el inmediato cambio de comportamiento de Marisol hacia Antonio. De cariñosa pasó a déspota y tiránica. Lo peor fue que a los doce meses de matrimonio dio a luz y el pobre Antonio comprobó que le embaucaron bajo el pretexto de un falso embarazo. Y pensar que si Antonio no se le hubiese adelantado, Jaime estaría ahora probando del sancocho de Marisol. 

Se estremeció con asco. Agradeció una vez más por su suerte y marcó el número de Juan Alberto.

- ¿Diga? - La voz de Juan, al contrario de la de Antonio, se escuchaba alegre y llena de vida.

- ¡Qué hubo, pelado! - Bramó Jaime al auricular.

- ¡Qué hubo! ¿Va a venir? - Preguntó Juan y por la entonación de su voz, Jaime dedujo que le importaba una mierda si él venía o no.

- ¡Claro, hermano! Le caigo con Toño. ¿Quién más va a ir?

- Espero que los de siempre.

- Listo. ¿A qué hora?

- Por’aí a las dos.

- Listo. Nos vemos al rato.

- Suerte. - Respondió Juan y fue el primero en colgar.

Jaime hizo lo propio. Miró el reloj, pero todavía faltaban cuarenta minutos para la una de la tarde. Era demasiado temprano. Lo ideal sería llegar alrededor de las tres. Él no quería llegar a barrer ó, peor aun, tener que cocinar y esperar a que estuviese lista la carne. Entonces, a pesar de que su estómago daba visibles muestras de malestar, recogió las cobijas y las puso a lavar. Después, buscó unas limpias y tendió la cama. Miró de nuevo el reloj, pero la operación apenas le tomó unos cuantos minutos. Maldijo en silencio y prendió el televisor. Sólo disponía de los canales nacionales y por estos, como cosa rara, no pasaban nada bueno. Pero no podía darse el lujo de ser exigente, así que se acostó sobre la cama recién tendida y se puso a ver los Simpson. Entonces recordó que tenía que llamar a Antonio y, cuando estaba a punto de levantar el auricular, el teléfono sonó. Jaime dudó en responder. Tuvo una extraña premonición. Una extraña sensación de que, si levantaba el auricular, su vida actual se iría por el retrete y tendría que comenzar desde ceros.

- ¿Diga?

- El doctor Agudelo, por favor. - Dijo una voz desprovista de toda emoción.

- Con él habla.

- Se le necesita en el laboratorio de inmediato, señor. 

- ¡Hoy es fiesta! - Bramó indignado Jaime. - Y tengo vacaciones hasta el ocho.

- Lo sé, doctor. Pero se trata de una emergencia.

Jaime razonó un rato antes de responder. Nunca le habían llamado a la casa. Y nunca se había presentado una emergencia. Él sabía que por lo menos dos químicos estarían en este momento en el laboratorio, pero todos eran practicantes. Sus compañeros estaban de vacaciones fuera del país y el único pela gato que no tenía plata para salir de la ciudad, era él. Así que, en verdad, era una emergencia. 

- ¿Qué sucede? 

- Es mejor que venga aquí, doctor. - Dijo la voz con impaciencia. - Es un trabajo para la policía... - La voz no completó la oración, pero Jaime captó muy bien el mensaje.

- Voy para allá. - Masculló de mala gana y se resignó a su suerte.

Colgó y pensó un momento antes de llamar a Antonio. ¿Qué clase de emergencia sería esa? No era normal llamar a un simple químico, sin siquiera un postgrado. Sabía muy bien que estas cosas podían esperar. Sin embargo...

Decidió no darle mas vueltas a la idea y levantó, una vez más, el auricular.

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