Hace unos años escribí un artículo que narra mí experiencia con el mundo sobrenatural, titulado “Sí creo en brujas”. Sin embargo, esta no ha sido la única que he tenido. Después de mucho pensarlo he decidido ir relatando poco a poco todas las experiencias sobrenaturales que he tenido a lo largo de mi vida. Esta serie se llamará “Sí creo en brujas”, continuando con el título de mi primera narración.

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Sí creo en brujas II: “Doña Gloria”

A finales del siglo pasado, por ahí en 1998, toda la familia se mudó a una nueva casa localizada en un barrio tradicional antiguo de la ciudad de Bogotá. La creación del barrio fue en los años 60 y durante todo este tiempo, entre una y tres generaciones de familias pasaron por estas viviendas. La casa que compramos pertenecía a tres hermanos que la habían heredado de su recién fallecida madre. Hasta ahí nada extraño, dejando de lado el hecho de que la casa estaba desbaratada, con huecos en las paredes, en el patio, los closets destruidos y, en general, tenía señas de haber sido saqueada. Teniendo en cuenta que el precio pedido por la casa no era grande no hicimos preguntas suponiendo que el precio reflejaba el estado.

El día de la entrega los hermanos nos sorprendieron sincerándose sobre el estado de la casa: resultaba que cuando su madre había muerto dejó, según ellos, enterrada una guaca en algún lado del terreno de la misma. Los hermanos intentaron encontrarla, buscando en todos los lados que se les ocurrió, sin llegar a descubrir el tesoro. Al final la necesidad pudo más que la avaricia y se vieron forzados a vender la casa. Ese era el motivo del estado deplorable del patio y algunas partes de la estructura. Ya despidiéndose, apelaron a nuestra buena voluntad y nos pidieron el favor de que, en caso de encontrar de forma fortuita el tesoro, les llamáramos.

La verdad no nos tomamos muy en serio la historia. Durante los meses siguientes nos dedicamos a remodelar y reconstruir la casa y prácticamente nos olvidamos del cuento. Hicimos buenas migas con los vecinos, los cuales nos contaron la historia de los últimos días de Doña Gloria, la antigua dueña de la casa. Ellos nos contaron cómo murió y donde murió. También nos contaron que ella era muy religiosa. Y eso era verdad ya que la casa, cuando la compramos, tenía imágenes de santos, calcomanías y otras cosas relacionadas con la religión por todo lado.

Pasó algún tiempo y de pronto en la casa comenzaron a suceder cosas extrañas. Extraños rayos de luz pasaban de vez en cuando por la casa y eran visibles para todos, tanto nosotros como visitantes. Los cuadros que teníamos colgados en las paredes amanecían torcidos. Una noche, mientras estábamos de fiesta, un mueble lleno de vajillas y copas de cristal literalmente estalló a la vista de todos y sin que nadie lo tocara.

Poco a poco fue evidente que algo sobrenatural sucedía en la casa. Hasta que una tarde de reojo la vi sin querer en el pasillo del segundo piso. Una figura femenina, vestida de una túnica negra, encorvada, que caminaba despacio por el pasillo. Al voltear mi cabeza para tratar de verla mejor, se desvaneció.

Obviamente nadie me creyó que la había visto. Sin embargo, a raíz de otras cosas que tal vez llegue a contar en otra oportunidad, invitamos a un guajiro a la casa. Ese guajiro se dedicaba a la brujería y santería. El hombre fue quien nos dijo que Doña Gloria estaba cuidando su tesoro y que todas esas manifestaciones venían relacionadas precisamente con el miedo de ella a que nosotros le robáramos lo que no nos pertenecía.

El guajiro fue más allá, y nos dijo que había una forma de encontrar y sacar la guaca. Ya no lo recuerdo con exactitud, pero era relacionado con noches de luna llena, y rituales específicos que llevarían a la guaca en el momento oportuno.

Después de pensarlo un poco mi mamá dijo que no. Y en voz alta, dirigiéndose al espíritu, le dijo que no quería llevarse el tesoro y no iba a buscarlo. No sé si por coincidencia o porque el espíritu de Doña Gloria sí la escuchó, a partir de ese momento se acabaron las manifestaciones.

Algún tiempo después nos vimos obligados a vender la casa. Los compradores era una familia cristiana, muy creyente, y teniendo en cuenta nuestra experiencia anterior les contamos toda la verdad. No se sorprendieron. Y prometieron que nunca intentarían buscar la guaca. No sé qué pasaría después.

Tal vez esta historia no es tan impresionante como la anterior, pero cuando tú estás acostado en el sofá de la sala de tu casa, en compañía de otras personas, y ves pasar un rayo de luz azul en horas de la noche, salido de la nada, que golpea un cuadro rompiendo el cristal que lo cubre y dejándolo colgado de medio lado, créeme que te impresionas. Al menos algunos de mis amigos prometieron nunca más volver a esa casa después de eso. Y cumplieron.

 

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