II

El sol se encontraba en lo alto, cuando por fin me levanté. Acostumbrado a depender del despertador electrónico para levantarme, no desarrollé mi reloj interno. El cuarto vecino, donde conocí a Xillen y a Vilikres, se encontraba vacío. Con cierto temor, me dirigí a la puerta de salida. Por primera vez vería el mundo en el que me encontraba, porque hasta ahora, mi experiencia se reducía a mi habitación y el cuarto contiguo. Con lentitud, abrí la puerta y... ni siquiera me asombré.

Me encontraba en una rústica ciudad de alguna época olvidada y perdida en el tiempo. Las casas, que eran muy pocas, estaban hechas de madera, sin pintar. De color negro, gracias al agua absorbida a través de los tiempos, daban la impresión de un mundo gris que me rodeaba por doquier. Había toda clase de seres y cosas moviéndose por la calle. Unas cuantas formas humanas estaban reunidas al frente de una primitiva construcción que identifiqué como la herrería. Más al fondo se encontraba la taberna y el hospedaje. Unas caballerizas daban muestras de su localización, gracias al penetrante olor de los excrementos de los caballos. Y, muy al fondo, donde terminaba el carreteable para convertirse en una pequeña plaza, se encontraba resplandeciente Xillen, acompañada por Miguel, Andrés y JJ. No estoy seguro, pero creo que el grito de júbilo que salió triunfante de mi garganta azoró a los extraños seres que me rodeaban. Salí corriendo a su encuentro, mientras que ellos, sonrientes, me esperaban.

Mi primera intención era la de abrazarlos, pero me lo impidió mi propia vanidad. No acostumbrábamos hacerlo, por lo menos no en público. Nos saludamos con calidez, creo que con mayor emoción, por mi parte. Xillen nos observaba, también sonriente. Me contaron que todos se reunieron en la casa de JJ y, luego de un momento de indecisión, se transportaron. Mientras Andrés lo contaba, una sombra cruzó por su cara y de repente calló. JJ y Miguel se miraron en silencio y luego me miraron a mí. Algo andaba terriblemente mal, pero yo no sospechaba de lo que se trataba. Después de un rato de penoso silencio, JJ me miró directamente a los ojos y me dijo:

— Heitter estaba con nosotros, cuando emprendimos el viaje. Todos lo hicimos al mismo tiempo. — Me dedicó una mirada cargada de intención y continuó quedamente. — Pero no llegó con nosotros. Esta mujer, — señaló en dirección a Xillen, — dice que él puede ser uno del equipo contrario...

— De hecho, lo está afirmando. — Interrumpió Andrés, sin mirarme a la cara.

Todo se cayó en mi interior. Intuía que si Xillen decía que así era, así tenía que ser. Miré estupefacto a esa bella cara que reflejaba una total imparcialidad y me provocó pegarle. Quería insultarla, golpearla, humillarla, pero en vez de eso, asentí lentamente y me dejé caer, completamente sin fuerzas, en el suelo.

Heitter.

No podía creerlo. Más una pequeña vocecita en mi interior, afirmaba con terquedad que era verdad. Heitter era el único que no deseaba ir, realmente. Fue coaccionado por nosotros, psicológicamente. Entonces, comprendí que desde el principio, él sabía algo. Fue el único que se negó y se mostró renuente, desde el principio. Me entraron ganas horribles de gritar. De levantar mi cara al cielo y aullar, como aullaría un perro a la luna. Me levanté y miré a mis amigos. Nuestro grupo se redujo a cuatro, mucho antes de comenzar la contienda. Forcé una sonrisa.

— Bueno, me parece que tendré que olvidarme del dinero que me debe.

Ninguno sonrió, pero todos asintieron. Sin saberlo, con ese gesto excluíamos, de manera  inconsciente, a Heitter del grupo. De ahora en adelante, sería nuestro enemigo.

Caminamos de regreso a mi cabaña, acompañados por la silenciosa Xillen. Me extrañaba que ella nos acompañara. Después de todo, ella era imparcial y estaba seguro de que tenía deberes más importantes, que estar detrás de cuatro chiquillos, moralmente destrozados. Entramos y nos sentamos en silencio alrededor de la mesa. JJ tenía la cabeza entre sus brazos y daba la impresión de que quería aplastarla con sus enormes manazas, a juzgar por la forma en que la apretaba. Miguel adoptó su típica postura de preocupación: pies en la mesa, vista al techo, manos detrás de la cabeza. Andrés se acariciaba nerviosamente el abdomen, justo donde fue apuñalado. Yo no sabía que hacer. Entonces, miré a Xillen. Ella tenía el rostro teñido por una súbita preocupación y comprendí que algo debía andar muy, pero muy mal. ¿Cómo era posible que la imparcial se preocupase por algo? La miraba con una mezcla de terror y curiosidad y me di cuenta de la lucha interna que debía librar. De repente, ella me correspondió la mirada y, luego de un largo momento de silencio, por fin abrió la boca.

— Nadie más va a venir. — Mis amigos no captaron del todo el sentido de esa frase, pero yo sí. La estaba mirando, con los ojos salidos de las órbitas, tratando de articular una palabra. — Vilikres y los otros fueron derrotados anoche, así que quedan ustedes cuatro, no más. — La única reacción que se me ocurrió en ese momento, fue cubrir mi cara con las manos, y ocultarme del mundo. No veía las reacciones de mis amigos, pero sentía que eran exactamente iguales a la mía. — Pero algo ha cambiado. — Continuó Xillen, implacable. — Por alguna razón, por primera vez desde la creación del Universo, estoy autorizada para tomar un bando.

— ¿Por quién? — La pregunta, lanzada por Miguel, fue más bien automática, que con algún sentido.

— Eso no importa. Lo importante es la decisión que debo tomar. Empero, no tomé una nunca y por ello me es extremadamente difícil hacerlo. — Hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras a seguir, mientras nosotros digeríamos lo dicho, hasta captar del todo su sentido. Uno a uno, la miramos con una clara súplica en nuestros ojos. — Espero verlos por la mañana. — Dijo a modo de despedida y luego, sin más, se levantó y salió por la puerta, dejando tras de sí un misterioso aire de esperanza.

— Bueno, — Miguel por fin se sentó normalmente y, por cuestión de costumbre, se afianzaba con el control de la situación. — Lo único que podemos hacer ahora, es esperar.

— Yo no estaría tan conforme. Así ella decida ayudarnos, siguen siendo cincuenta y cuatro, con Heitter, contra cinco. La única ventaja que tenemos, es la experiencia de ella.

— Creo que no nos ha contado todo lo que sabe. — Andrés me miró a la cara y, entre un silencio compungido, conté a mis amigos lo acontecido desde la noche anterior, sin omitir ningún detalle. Ahora, ellos me miraban con auténtica preocupación, pintada gravemente en sus rostros. La verdad no era acogedora. El número de nuestros enemigos era mayor y nuestras esperanzas de vencer en la contienda disminuían con rapidez.

 


 

 

La noche llegó como un ladrón entre las sombras, silencioso, atemorizante. Nos encontrábamos sentados alrededor de la mesa, proyectando nuestros planes al futuro. Cierto que eran meras suposiciones, especulaciones sin base que nos ayudaban a mantener ocupada nuestra mente, que tendía a escapar de nuestro control para cabalgar sobre las monturas de las dudas.

Cuando por fin decidimos ir a dormir, era de madrugada. Mientras el estupor del sueño me rodeaba lentamente, recordé, con cierta sorpresa, que no fumé ni un cigarrillo en estos dos días. Simplemente no me hacía ninguna falta. Además, ¿dónde diablos podría conseguir un paquete, por estos lados? La idea me hizo sonreír. Sería estupendo que lo dejara del todo.

 Y así, divagando, por fin me dormí.

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