Hace más de cuatrocientos años,
Que los cerros la contemplan,
Testigos son de su historia,
De su vida y su suerte.

Un seis de agosto del treinta y ocho,
En pleno siglo dieciséis,
Un tal Gonzalo llegó de España,
Fundando lo que hoy es Santafé.

Pasó por armas a los indios,
Con él llegó la Inquisición.
La Santa Fe reemplazó a la vieja,
Con fuego ella se extinguió.

Y la ciudad fue indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Testigos son de la miseria
Y la desdicha de criollos.
Que en sumisión y la pobreza,
Sufrían de los españoles.

Pero aún no era el tiempo,
Faltaba mucho porvenir,
Cuando un botánico de Cádiz,
Le dio la fama al país.

Y en ese histórico instante,
La sabiduría deslumbró,
Llevando al país intelectuales,
Y la ciudad se desbordó.

Los ideales e ideas,
Principios como libertad,
Fueron desbordando a los cerros,
Y transmitidos con celeridad.

Y hombres que antes eran nadie,
Criados en la indignación,
Sintieron la fuerza de las palabras,
Así comenzó la revolución.

Pero la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Testigos son de un tal Bolívar,
Mozuelo venido de Caracas,
Quién trajo consigo la esperanza,
Pero también trajo las balas.

Y con sombrío desacuerdo,
Vieron la muerte de aquellos,
Quienes querían hacer un cambio,
Cambiando su vida por sentimientos.

Cuando en la Plaza de las Aguas,
Fue fusilada Policarpa,
Y tantos otros inmolados,
Por una causa noble y casta.

Testigos fueron de la huida
Y del virrey y la virreina.
Y cuando llegó un tal Santander,
Y con Bolívar armó reyerta.

Más la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Espectadores de la lucha,
Que siguió entre los hombres,
Quienes luchaban por el trono,
Dejado por los españoles.

¡Cuantas traiciones y desgracias,
que presenciaron estos cerros!
Más siempre fueron imparciales,
Tan sólo dando el sustento.

Las guerras que se sucedieron,
Entre los luchadores por el trono,
Dejaron al pueblo destrozado,
Llorando entre el abandono.

Y dividido fue el pueblo,
Y la ciudad se dividió,
Teñida sólo por dos tonos,
El rojo y azul predominó.

Aunque la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Testigos son de la llegada
Y la venida de los hombres.
De cuantos muertos han quedado,
Peleando por los de otros despojos.

Y del mismísimo infierno,
Cuando un nueve de abril,
Brotó la llama de la infamia
Forjando un nuevo porvenir.

Más los colores no pudieron,
Pensar en otros que ellos mismos,
Y olvidando de nuevo al pueblo,
Forjaron una guerra de alturismos.

Más ¡oh designio infame!
El pueblo ya no pudo más,
Así comenzó La Violencia,
Y la guerra no pudo descansar.

Las balas se alternaban con machetes,
La ciudad de rojo se tiñó.
Pero los cerros contemplaban indemnes,
Como el hombre su destino se forjó.

Más todo tiene su final,
Así pasó con La Violencia,
En Santafé fue el ritual,
Que dio paso a la indulgencia.

Y sin embargo la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Estaban presentes en el día,
Cuando, cansados los colores,
Se dieron tregua por un tiempo,
Poniendo a otro en el trono.

Más ese otro duró poco,
Aunque permitió a los colores,
Llegar a un enclenque acuerdo,
Que calmó por un tiempo emociones.

Y decidieron que la torta,
Como ahora se llamaba el trono,
Fuese disfrutado por turnitos,
Que a nadie eso causaba enojo.

Y la ciudad fue su finquita,
Su más preciada posesión,
Y los cerros su resguardo,
Sin importarles la nación.

Y la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Pero la historia continúa,
Y un noviembre cualquiera,
El día sexto, en la cuenta,
Ardió la justicia entera.

Desde las once de la mañana,
Las balas rebotaron en el centro,
Bajo la mirada de Bolívar,
Y el fulgor rojizo del infierno.

Y ese día marcó un hito,
Que se repetiría por momentos,
Cuando Pablito decidió escapar,
Haciendo volar al inocente pueblo.

Y su ejemplo fue seguido,
Por más acciones contra el pueblo.
De nuevo la ciudad se vio arrasada,
En el río rojo del infierno.

Del edificio del DAS,
Quedaron únicamente ruinas.
Y en Niza, la explosión,
Acabó con muchas vidas.

Y la muerte de Galán,
Jaramillo y tantos otros,
Que aterraron la ciudad,
Pero no la pusieron de hinojos.

Y otro día que no se borra,
De la memoria de Santafé,
Es un noviembre veintisiete,
Cuando el cielo sangre fue.

Más la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Con esperanza vieron estos,
Cuando en la Casa de Nariño,
Firmada fue la Constitución,
Que finalizaría el conflicto.

Más falsa esperanza de los cerros,
Su sueño aun no se ha cumplido.
La guerra sigue en el país,
Aunque la ciudad lo vea distinto.

Samper le demostró a los cerros,
De lo que un hombre es capaz,
Poniendo a la nación en entredicho,
Sin vergüenza ni piedad.

E indignados se sintieron,
Cuando en el colmo del desuello,
Un presidente fue en contra,
De los designios del pueblo

Y permitió a los violentos,
Justificar sus bárbaras acciones,
Más llegó Pastrana y con él,
Aumentaron los sinsabores.

Pero la ciudad siguió indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Y durante todo su gobierno,
El presidente viajero,
Paseó en busca de apoyo,
Que nunca tocó el colombiano suelo.

Y el proceso que inició,
No trajo frutos esperados,
Tan sólo el país se desgastó,
Esperando un cambio en vano.

Y en especial la capital,
Reinada por un amante del concreto,
Fue despojada de su capital,
Y convertida en ríos de cemento.

Como si fuese algo nuevo,
Se proclamó el Transmilenio,
Y el verdor desapareció,
Y del cemento fue el desierto.

Y los bolardos, que se hicieron,
Desaparecieron sin piedad,
Y la inversión desperdiciada,
Los capitalinos la tuvieron que pagar.

Entonces, un siete de agosto,
Mientras otro se sentaba en el trono,
La ciudad se sacudió,
Como con el muletazo el toro.

Fue la señal que esperaban,
Los desafortunados inocentes,
La esperanza desbordó,
Los cerros fueron complacientes.

Más, otra vez, desilusión.
La guerra sigue destrozando,
Y la nación, y la ciudad,
Se siguen ahogando en llanto.

Ya que el último sucesor,
Aquel que despertó la esperanza,
Preocupado está por su reelección,
Que el pueblo espere mientras él se fianza.

Y la ciudad sigue indemne,
Guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

¿Por cuánto tiempo la ciudad,
estará guardada por los cerros?
¿Por cuánto más la capital,
será de la infamia el concierto?

Y así la historia continúa,
Segundo a segundo, día a día.
Y la belleza de Santafé,
Se está ahogando en su ruina.

Y mientras, la ciudad indemne,
Sigue guardada por los cerros,
Bestias inmunes a las balas,
Más viejas que el tiempo.

Lunes, 26 de Septiembre de 2005

 

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