II

Era extraño. Me encontraba de nuevo en mi ciudad. Caminaba entre la gente. Todo parecía normal, más no era así. Acostumbrado como me encontraba a vivir en un bosque, dormir en el piso y considerar a toda persona como un posible enemigo, ahora estaba de vuelta y no podía tranquilizarme. Cada peatón, cada vendedor ambulante me parecía un enemigo. Los bocinazos de los autos me hacían respingar y apoyarme contra una pared, mirando con ojos salvajes alrededor. En todo ese tiempo, había olvidado lo que es el olor de la gasolina, la contaminación, el griterío de la gente y su indiferencia a lo que ocurre alrededor. Ahora añoraba desesperadamente el mundo de Xillen. La guerra me parecía más tranquila que el mundo que me rodeaba. Por lo menos ahí yo sabía quién era amigo y quién no. Aquí, la gente tenía su rostro cubierto por una máscara. Muy pocos mostraban como eran en realidad y la desconfianza se respiraba con cada paso, mezclada con el dióxido de carbono. Pero yo estaba aquí no para analizar el estado del mundo, sino para evitar que se hundiera cada vez más y más entre sus propios avances tecnológicos, destinados para ayudar al hombre, pero que en realidad no hacían más que esclavizarlo con cada invento.

Así que, repuesto de la primera impresión y la oleada de recuerdos, me dirigí a la casa de JJ. Por lo menos en ese lugar, rodeado de dolor, me sentiría más o menos cómodo. Sé que suena cruel, pero acostumbrado a la guerra y a las inevitables bajas, sabía que mi corazón se sentiría más tranquilo. A medida que me acercaba a la casa, trataba de imaginar el reencuentro con mis amigos. Para ellos nos vimos ayer, pero para mí pasaron muchos años. Llegué a la dirección y me senté en la acera. El entierro se llevaría a cabo en la iglesia del barrio y sabía que todos se encontraban o iban en camino.

Miraba la casa y tras esas paredes volaba mi alma, rememorando los momentos que pasé ahí con JJ. Los estudios para un parcial o un examen. Las interminables horas que nos tomaba hacerle entender algo. Las fiestas en las que participamos juntos. Y, a medida que miraba, mi corazón se llenaba con más y más odio hacia Heitter. Si él no nos hubiera traicionado, nuestra vida no se vería afectada por decisiones tan profundas y dolorosas. La vida de JJ no se perdería y no habría ninguna necesidad de mi reclutamiento en el mundo de Xillen, por todo ese tiempo. Maldije a Heitter en silencio, mientras mis ojos consumían la pared de la casa de JJ. Y teniendo ese muro, compuesto de ladrillo rojo, como un santuario, realicé el juramento de detener a como dé lugar a Heitter. Una ansiedad se apoderó de mi ser e incapaz de controlarla, comencé a caminar a donde mis pies me llevaran. Con cada paso que daba, murmuraba entre dientes mi deseo de eliminar a Heitter de una vez por todas. Lo repetía sin cansancio, hasta que la frase perdió significado y se convirtió en un conjunto de sonidos que no tenían ninguna relación conmigo. Podían ser una canción, una plegaria o una maldición. Pero a la larga, no sabía lo que decía. Tan sólo sabía que estaba relacionado con la venganza. Tenía la mirada fija en el suelo y caminaba con pasos gigantescos, tratando de alcanzar algo que se encontraba fuera de mi alcance, algo que ni siquiera sabía con claridad lo que era, que no podía describir o percibir. Tan sólo sabía que se encontraba en algún lado, adelante, y trataba de alcanzarlo de cualquier forma.

Caminaba y caminaba, pasaba de largo a peatones sin siquiera levantar la mirada para reconocerlos. Atravesaba carreteras sin importarme que algún conductor pudiese atropellarme y ese sería el fin para todo. Quizás eso era lo que quería. Acabar de una vez por todas con mis problemas y preocupaciones y lanzarme de cabeza a un abismo, en la negrura de la muerte, en su oscuridad; para así ser libre de mis obligaciones y responsabilidades. No tener que responder ante el mundo por una misión que se me encomendó, sin que yo lo supiese hasta que fue muy tarde. Me sentía entre eufórico y asustado. Después de tantos años de matar y ver morir, de vagar entre cadáveres y ríos de sangre, de respirar el humo de los castillos quemados, mezclado con el olor dulce que producían los cadáveres al quemarse; era la primera vez que me encontraba ante la muerte de un amigo querido para mi corazón. Aunque su muerte se produjo hace muchos años para mí, era ahora que asistiría a su entierro y asumiría mentalmente su muerte. Porque ahora comprendía que para reconocer la muerte de un ser querido, no es saber el fin de su existencia, sino estar presente cuando eso ocurre o ver cuando se echan los primeros puñados de tierra sobre el ataúd y sentir que no volverá a estar físicamente contigo. Tal vez, por eso tenía miedo. No sabía si tendría miedo, pesar, dolor o cualquier otra emoción frente al ataúd de JJ. Me asustaba el hecho de no sentir nada.

Pero, ¿era posible?

A mi juicio, sí.

 


 

Silencio. Voces apagadas que arrullan el ambiente. Un olor que ninguna pluma es capaz de describir. Y negro. Mucho negro. Un ambiente pesado, donde se reúnen las plegarias, los ruegos, dolor, llanto, lamento, regocijo, envidia, bendición, amor y esperanza.

La iglesia.

Camino entre la gente, tratando de reconocer a mis amigos entre esa multitud y me sorprendo. La mayoría de la gente que está en el lugar, ni siquiera se relacionó, en su vida, con JJ. Unos jóvenes, que reconozco, son de la universidad; reunidos en un grupo apartado, mirando con ojos asustados a toda esa gente. Más allá, veo a los padres de JJ, sentados en  una butaca, rodeados de un montón de parientes — que puedo asegurar — en ese momento no tenían. Todos con la cara cubierta por una máscara hipócrita de dolor. Cuando en realidad se reunieron para alegrarse del dolor ajeno, de sentirse vivos. De dar gracias que es otro y no ellos, el que yace en un ataúd rodeado de flores. Más en toda esa hipocresía existe dolor verdadero. El dolor de los padres, de hermanos, de verdaderos amigos. De la gente que en ese momento daría todo por estar en ese ataúd, en lugar de JJ, sin siquiera preocuparse de lo que eso representa. Gente que con sus sentimientos más sencillos, demuestra lo que es el verdadero amor, cariño y preocupación por una persona.

Pienso en eso y trato de analizar mis propios sentimientos. Y con pesar veo que es envidia y dolor. Me gustaría estar en ese ataúd, en lugar de JJ. Me gustaría que estuviese vivo y lleno de energía. Que entrase en esa iglesia con su porte militar, blandiendo sus descomunales puños y maldiciendo a Heitter por haber iniciado el juego de las almas. Más detrás de ese sentimiento, se escondía la verdad: quería ocupar su lugar para escapar de esa descomunal obligación que me tenía atado. Que oprimía todo mi ser, que me impedía respirar tranquilamente y dormir con el sueño de un ser humano normal; y no como un animal al que se le da caza.

Dolor, mucho dolor, cuando veo a JJ en el ataúd. Vestido con su mejor traje, los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho. No resisto más, lo veo y quiero regresar. Me importa un bledo lo que pase. No quiero que ninguno de mis amigos regrese para acabar como JJ. Si tiene que morir alguien, es preferible que sea yo. Y en ese momento me doy cuenta que estoy llorando. Las mandíbulas apretadas, reduciendo los dientes a polvo, mordiéndome constantemente los labios.

Y lágrimas, silenciosas lágrimas bajan por mi cara y caen en al piso de la iglesia, aportando de esa manera, a ese ambiente religioso, un poco de mi propio ser.

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