El mundo ha cambiado nuevamente. Ahora es más rápido. Más corto, disperso; más condensado, contradictorio; más extremista y volátil. Y esa mezcla convierte en locura la mera existencia del ser humano, ya que vivir entre verdades y sentidos morales contrarios, debilita la coherencia de la conciencia y la claridad del raciocinio del hombre. ¿Es grave? Quizás… Aunque yo creo que es positivo…

Saturación informativa

Es evidente que vivimos en un entorno de saturación informativa. Hoy no buscamos la información: esta nos llega sin buscarla. Y el problema es que no tenemos ni la capacidad, ni el conocimiento, ni el tiempo para discernir la verdad de la mentira; lo útil de lo inútil; lo constructivo de lo destructivo.

Relativismo moral

¿Qué es bien y qué es mal? La pregunta ya no es si lo que mi grupo (y por consecuencia yo) hace el bien o el mal. La pregunta es si lo que otro grupo hace es peor a lo que hace el mío, por lo que puedo justificar mi actuar; así sea destructivo.

Fragmentación de identidad

Gracias a la saturación informativa, a la reducción de tiempo de la familia tradicional y el relativismo moral, hay una pérdida de la identidad como tal. Las “civilizaciones” se fragmentan cada vez más en sub culturas (que a su vez se fragmentan en otras), lo que genera pérdida e imposibilidad de una identificación plena de una subcultura con la civilización que los alberga; creando con ello fracturas en la misma sociedad – base de esa civilización.

Crisis de narrativa común

¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Qué es correcto y qué no lo es? La verdad se ha vuelto tan relativa en la comunicación diaria, que es imposible llevar una idea que identifique a una sociedad como tal.

Paradoja de libertad extrema

El límite que diferenciaba la libertad del libertinaje se ha borrado definitivamente. Es absurdo, pero ahora alguien puede criticar (e incluso enjuiciar) a otro porque no comparte su visión del mundo. La máxima de “mi libertad termina donde comienza la libertad del otro” ha sido reemplazada por: “mí libertad se impone a otros a la fuerza, ya que mí libertad es la única que vale”.

¿Dónde estamos?

Este cóctel de incertidumbre y presión tiene una consecuencia medible: la caída de la natalidad. Estamos en un punto de la historia de la humanidad donde hemos alcanzado el límite a lo que es el comportamiento social normal: la sociedad protegiendo a su prole y su cultura parta asegurar su supervivencia; a este otro: la sociedad alabando y/o ignorando el comportamiento autodestructivo de sus semejantes y su prole, ya que no le importa el futuro y la supervivencia de su comunidad.

Es evidente en las diferentes conductas que reducen la reproducción que han proliferado las últimas décadas (empeorando con los años) van encaminadas a lo mismo: la destrucción o el freno del crecimiento de la reproducción del ser humano en las civilizaciones que consideramos avanzadas (más que todo la occidental). En otros casos como consecuencia debido a una educación femenina que cambia su punto de vista de su rol en la sociedad; la urbanización; los costos de crianza que de por sí solo actúan como método anticonceptivo en muchos jóvenes; el acceso y el costo de lo que es seguridad social y la medicina; así como los diferentes métodos anticonceptivos y el acceso a los mismos.

Aunque los gobiernos están dando la alarma por el bajo índice de reproducción (en algunos países incluso negativo), esa alarma se debe a las consecuencias netamente económicas, relacionadas con la sostenibilidad del estado; no porque tenga intereses en el bienestar psicológico de la sociedad. Podría argumentarse que ciertas políticas, al priorizar derechos individuales sobre cohesión social, terminan reforzando dinámicas que reducen la reproducción.

Hace algunas décadas, el comportamiento destructivo de los jóvenes para consigo mismos era mirado como algo preocupante. Se tomaban cartas en el asunto por parte de la sociedad y del gobierno, tratando de ayudar a aquellos cuya psique se consideraba desviada y encaminada a sabotear su propia existencia. Hoy esos comportamientos son explotados política y económicamente para obtener un beneficio a corto, mediano y largo plazo. Ello implica una transformación profunda del sistema de valores que tradicionalmente priorizaba la protección y continuidad de la comunidad; reemplazándolos por destructivos.

¿A dónde vamos?

Y ¿cuáles son las consecuencias? La caída de la demografía; los cambios de comportamiento social de los hombres y las mujeres; la aparición de “child free”; el reemplazo de hijos por mascotas; y la proliferación de la promiscuidad sin hijos sobre la familia tradicional.

Al principio del artículo he dicho que es algo que a mí parecer es bueno, a pesar de la innegable connotación negativa que tiene este comportamiento. Esto es porque personalmente creo que a la humanidad que está en esas civilizaciones se le ha activado un seguro a nivel instintivo para garantizar la sobrevivencia de la especie. Este efecto aparece cuando el entorno social se percibe como excesivamente competitivo, costoso e incierto; en tales condiciones, el impulso reproductivo tiende a inhibirse.

No se trata únicamente de densidad demográfica física, sino de densidad competitiva y simbólica: exposición permanente a estándares de éxito, comparación social y presión económica. Ello implica que el comportamiento reproductivo y moral no es solo ideológico; es una respuesta adaptativa al entorno demográfico y a la presión social.

Podría decirse que la caída demográfica no responde a un “instinto”, sino simplemente a educación, autonomía femenina y desarrollo económico. Y es cierto que estos factores influyen. Sin embargo, incluso esos cambios podrían entenderse como manifestaciones culturales de un mismo fenómeno adaptativo.

Quizás el problema no sea que la humanidad se esté apagando, sino que ya no encuentra sentido en perpetuar lo que ha construido. Y cuando una civilización deja de creer en su propio futuro, el instinto hace lo que la razón ya no puede: detenerla.

Reproducirse no es solo perpetuar genes; es afirmar que el mundo merece continuar. Cuando esa afirmación se debilita, no por pobreza sino por saturación y pérdida de sentido, el instinto responde con contención.

Tal vez la civilización avanzada no está autodestruyéndose, sino autorregulándose. En contextos donde la competencia es feroz y la estabilidad incierta, el instinto no impulsa expansión, sino contención. Y lo que hoy llamamos decadencia podría ser simplemente un freno biológico ante un modelo social que ha llegado a su límite.

 

19/02/2026

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