Son seis años de pregrado. Después entre 3 y 5 años de especialización. Sin contar que entre pregrado y especialización hay que hacer un rural. Es decir, trabajar entre seis meses y un año totalmente gratis, en condiciones precarias, salvando vidas literalmente con las uñas. Y para completar: condicionado a que mientras hace la especialización no puede trabajar para ganar dinero, ni para mantener a su familia, de nuevo prestando sus servicios de manera gratuita entre 3 y 5 años. Es decir, la educación nunca para. Esa es la carrera de médico. O, en la que le hemos convertido hoy en día.

Además, el médico debe estar al tanto de las actualizaciones de las enfermedades a nivel mundial, de las nuevas curas y medicinas. Enfrentado presiones no sólo en el consultorio, la habitación de hospital, cirugía o sala de emergencias. También debe sortear a las farmacéuticas que lo presionan para que recomiende a sus pacientes un medicamento en especial. A los administradores, economistas y políticos: para los que el tiempo es dinero, el médico es un simple empleado y el paciente un cliente más. Y tratar con respeto (si no es posible con amor) a los pacientes, quienes ven en el médico a un mecánico del cuerpo humano que les DEBE solucionar el problema con el que vinieron (sin caer en los casos extremos en los que los pacientes tratan a los médicos como vil basura).

El mito popular es que los médicos ganan millonadas. No sé en el resto del mundo, pero en Colombia los médicos ganan una miseria, teniendo en cuenta el grado de responsabilidad que manejan; las vidas humanas de las que son garantes; las décadas de estudios e inversión realizada. Y por esa miseria muchos médicos están en este momento en la línea de frente, “en las trincheras” – como faranduleramente han denominado los medios de información el riesgo al que se enfrentan los profesionales de la salud todos los días.

Médicos

Los pacientes que ahora están en los hospitales ahogados por el COVID-19 ven a los profesionales de la salud como ángeles. Y esos profesionales les devuelven una mirada cansada, pero cargada siempre de esperanza y compasión. Mientras los “humanos” que están afuera del hospital, presos del pánico, ven a los profesionales de la salud como una peste que transmite el COVID por las calles… Ejemplos hemos visto cientos tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales. Es una pena que esos mismos egoístas que denigran a los médicos y enfermeras hoy, no piensan que en cualquier momento ellos o alguno de sus familiares puede convertirse en otro de aquellos pacientes que estarán en una cama de hospital, precisando de la ayuda de esos mismos profesionales de la salud a los que humilló y denigró tan sólo unos días antes. Y la probabilidad de que sea un médico el que los contagie, es infinitamente menor a que lo haga un repartidor de comida; el cajero en el banco o supermercado; un policía en un retén; o el repartidor de periódicos y/o recibos de servicios públicos. Sin contar infinidad de posibilidades más.

La pandemia nos está abriendo los ojos. Demasiado lento para mi gusto. Nos enfrentamos a un enemigo invisible. Un enemigo que no se puede sobornar, que no es posible eliminar con armas, bombas, aviones y ejércitos. Es un enemigo que no distingue raza, color, género. A este enemigo no le importa tu edad. Tampoco le interesa si eres rico o no. Si eres banquero, político, deportista, cantante o el indigente más destruido del pueblo. No le importa, ni le interesa. Para él, todos nosotros somos simplemente un campo de cultivo del que él se alimentará para reproducirse y subsistir. Y nada le importa nuestro deseo de vivir. ¡Qué ironía: lo mismo que hacemos los humanos con las demás especies del planeta!

El tiempo de la politiquería acabó y los políticos no son indispensables y menos en las cantidades que el pueblo mantiene hoy en día. El tiempo de los banqueros terminó. El tiempo de las especulaciones ha llegado a su fin. El espectáculo sólo sirve para que no nos enloquezcamos en el encierro. Los deportistas y sus logros son inútiles en esta situación. Los predicadores y religiosos ya no hacen “milagros” de sanación y los templos han cerrado. Ninguna religión tiene la salvación de la pandemia.

Los ojos de los que ya comprenden gravedad de la situación están fijos en los científicos en sus laboratorios que buscan desesperados una cura. Un antídoto a un enemigo invisible e impalpable para el resto de la humanidad.

Y mientras los científicos hacen su trabajo, los médicos, enfermeras y demás personal de la salud debe trabajar con uñas, tratando de salvar vidas arriesgando su propia vida. Confortando a aquellos que hace poco los insultaban y humillaban, sin tener las herramientas básicas para hacerlo y sin contar con medicinas que sirvan para este virus. Sin cobrar sueldos en algunos casos desde hace 6 meses (mucho antes de que la pandemia llegara a Colombia). Y con un futuro incierto por culpa de un sistema que no reconoce la importancia y los derechos de los médicos hoy. Y todo eso lo hacen con paciencia, dedicación y amor, comprendiendo que los pacientes son seres humanos como ellos y que solo buscan una mano a la que aferrarse con esperanza, mientras la muerte los lleva sin miramientos hacia el más allá.

Los medios de información llaman a los profesionales de la salud “héroes”. No estoy de acuerdo. En Colombia ellos son MÁRTIRES. Trabajan sin recursos, sin equipos de protección, sin reconocimiento, humillados, explotados, maltrechos. Esos son los mártires. 

Nos queda definir quiénes somos el resto… Y por el momento, la respuesta me asusta.

 

Abril 12, 2020

 

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