I

El tiempo transcurría con lentitud. Heitter no regresaba y, aunque la tregua terminó, las hostilidades no se iniciaron de inmediato. El bando contrario se encontraba sin general y preferían guardar las distancias. Sin embargo, esto era lo que yo menos quería, así que después de sostener una larga charla con Xillen y Miguel, decidimos atacar. Xillen se opuso a la idea, pero la convencimos. Tanto Miguel como yo estábamos hartos de defendernos. De esperar el ataque del enemigo y, en caso de detenerlo, perseguirlo. Tácticamente, no era bueno. El que ataca, siempre tiene la ventaja.

Afortunadamente para nosotros, los generales enemigos no tenían la capacidad de dirigir un ataque y, por lo que vimos en esta pequeña tregua, los únicos generales que representaban peligro para nosotros, eran Heitter y Camilo. El primero no estaba y tan sólo tendríamos que cuidarnos del segundo. Los demás no se tenían en cuenta.

 


 

Avanzábamos en medio del bosque, encabezando la columna y un poco adelantados a esta. Dietrich se encargó del grueso de nuestro ejército, permitiéndonos cabalgar sin preocupaciones. El día era bello y, a pesar de las nubes grises que se veían en el horizonte, nos sentíamos bien. Había llovido el día anterior y el olor de la tierra húmeda mareaba un poco nuestras cabezas, infundiéndonos un estado de ánimo casi hipnótico.

Era bueno sentirse vivo una vez más. Ir a una batalla donde lo único que importa es quedar entre los vivos y ser el ganador. Puede ser que al principio existan intenciones políticas, religiosas u oscuras, pero todas desaparecen al encontrarse uno cara a cara con la muerte, salir victorioso y burlarse de ella una vez más, sin temor alguno. No quiero decir con esto que prefería la guerra sobre la paz, no. Pero era mejor que una tregua sin fin, haciendo reverencias al más odiado enemigo y comportándose como si todo fuera normal, cuando en realidad no era así. Mi corazón estaba gozoso y rebosante de esperanza y alegría. Tan sólo una nube negra se posaba sobre mi frente cada vez que recordaba a JJ y Andrés.

Miguel cabalgaba a mi lado con el semblante alegre y ansioso por entrar una vez más en combate. En su rostro se leía la felicidad con la que iba a su encuentro con la muerte y el desdén con que la trataba.

El olor fresco de la mañana y el brillo del rocío sobre las hojas levantaba aún más el ánimo tanto de nosotros como el de nuestras tropas. En el ambiente se sentía la proximidad de una victoria y esa era la mejor manera de alentar a los soldados, inclusive a los más temerosos.

 


 

Los exploradores que enviamos nos sorprendieron a un recodo del camino. Habían descubierto el emplazamiento enemigo y por la felicidad de sus caras, comprendí sin necesidad de palabras que la victoria era nuestra antes de comenzar la batalla.

Y en realidad así fue.

Una carnicería espantosa. Acamparon en un claro, en medio del bosque, y no ubicaron a los centinelas de tal forma que cubrieran todo el campo. Tampoco tenían puestos de vanguardia, ni construyeron empalizadas de ningún tipo. Rodearlos fue un juego de niños y luego, después de que una flecha encendida atravesara el cielo, se armó una gritería impresionante.

Los soldados del bando enemigo, además de asustarse por el inmenso rugido, no lo ubicaban ya que parecía provenir de todos lados.

Y así era.

Los que no se rindieron de inmediato fueron masacrados por la caballería de Miguel; Dietrich mantenía a raya a la caballería enemiga con sus arqueros; mientras que yo, al mando de la infantería, terminaba con el trabajo que sobró después del paso de Miguel.

Fue corto, gratificante y a la vez desagradable. Uno de los generales enemigos pereció en la contienda y los otros fueron capturados ilesos a excepción de Camilo, quién perdió el brazo derecho, tenía una profunda herida que le atravesaba el estomago y un par de flechas incrustadas en su espalda, que aun no lograban extraerle.

Lo trasladamos a una de las carpas que sobrevivieron el ataque. Un par de curanderos de nuestro ejército, bajo la mirada atenta de Xillen, trataban de socorrerle, pero en sus rostros se leía que era inútil. Con sólo mirarlo, sabíamos que daba sus últimos suspiros. Sin embargo estaba consciente y cuando Miguel pasó cerca de él, trató de decirle algo, pero su voz era un susurro.

— ¿Qué quiere, hermano? — Se agachó Miguel, tratando escuchar mejor lo que le decía el moribundo. La enemistad desapareció, ahora que ya se sabía quién era el vencedor y quién el vencido.

Camilo le indicó con un débil ademán a que se agachara un poco más. Miguel le hizo caso:

— ¿Qué?

— ...Cuando encuentre a Heitter... — Camilo se atragantó, tosió y escupió un coágulo de sangre. — Hágame un favor... — Camilo miró a Miguel directamente a los ojos y en esa mirada no había ni suplica, ni miedo, ni arrepentimiento. Tan sólo un crudo y frío sentimiento de venganza. — Elimínelo... de la peor forma... posible...

Miguel asintió.

— ¡Dígalo!

— Lo haré, hermano. — Respondió Miguel con firmeza. Y en ese momento Camilo, tras esbozar algo que asemejaba una sangrienta sonrisa, falleció. Miguel tomó su mano y, con voz temblorosa por la emoción, dijo: — Descansa en paz, hermano. — Después salió.

Yo presencié la escena sin pronunciar palabra y sin siquiera comprender lo sucedido. Un momento después salí, siguiendo a Miguel. Lo encontré mirando fijamente el campo donde unos momentos antes se desarrolló una batalla. Estaba parado, con los pies un poco separados y ambas manos en el puño de su espada. Me acerqué despacio y me coloqué a su lado. Permanecimos un rato en silencio. No quería decir nada, tan sólo esperaba a que él se expresase y al rato así fue:

— Lo admiro, Enrique. — Dijo con fuerza. — Por más que lo odié, lo admiro.

Lo miré inquisitivamente.

— Sí. Vi cómo peleó, vi cómo se enfrentó contra una docena y venció, perdiendo el brazo. Vi cómo resistió una nueva embestida, aunque le perforaron el estómago... Y resistiría la tercera, si no fuese por las flechas que recibió por la espalda... — Miguel miró al Cielo un buen rato antes de continuar. — ¡Eso es valor! Si en algún momento me llega la hora, quiero morir así, como Camilo. ¡Maldigo a Heitter! ¡Lo maldigo desde el fondo de mi alma! Tantos hombres buenos perecieron porque él no estaba aquí. Tantas almas perdidas por nada... Simplemente porque su general es un cobarde... ¡Lo maldigo!

— Pero ganamos... — Le interrumpí quedamente.

— ¡Sí, ganamos! Y acaso ¿terminó todo?

— Prácticamente, sí. — Respondí de muy mala gana. — Falta Heitter. Falta él y todo habrá terminado.

Miguel permaneció un rato en silencio, después me encaró y, mirándome fieramente a los ojos, preguntó:

— ¿Realmente crees que ganaremos? ¿Realmente crees que alguien gana? Lo único que veo, — e indicó con un gesto a Camilo, — es la muerte. Y ante ella, nadie sale ganador.

Y sin más, regresó al campamento.

Me quedé pensando en lo que dijo Miguel.

Sí, era muy cierto que Camilo peleó como un valiente, pero en verdad habría deseado que se rindiera con facilidad, ahorrándonos las vidas de quién sabe cuantos hombres. ¿Admirarlo? No podía hacerlo. ¿Cómo se admira a un enemigo que hace un momento quería cortarte la cabeza y luego hacer la danza de la muerte alrededor de ella?

Lo respetaba por su valor, era cierto. Pero admirarlo, ¡nunca!

De pronto sentí a alguien a mi espalda y me di rápido la vuelta.

Era Xillen.

Tenía el semblante triste y los ojos llenos de rencor.

— Y bien, amigo mío. — Comenzó con su discurso. — He aquí el resultado de tu plan. Nuestros enemigos aniquilados, los generales presos y sin embargo ese malestar que rebosan nuestros cuerpos, en vez de alegría, no deja paz a ninguno de nosotros. Y bien te puedo decir el de esta sensación el motivo. Hemos conquistado a traición, a sabiendas que el otro ejército no podría defenderse, sabiendo que no tenía su líder. Esto no es una victoria, amigo mío. Es un pillaje a media noche sobre un grupo de hombres sin líder...

— ¿Y qué querías? — Le grité, y hasta me asusté en el momento. Nunca antes alcé la voz a este ser y ahora cometía el sacrilegio. Sin embargo, no me contuve. — ¿Qué querías? ¿Otro castillo? Cuantos hombres no perdimos ahí. ¿Te olvidas acaso del sacrificio de Andrés? Sí, Andrés, ese muchacho que perdió su brazo, tratando de salvarte la vida, y luego fue ejecutado por el general al que querían esperar aquí... Lo acepto, este ataque no fue ningún honor, pero salvó vidas. Incluso pudo salvar la tuya, Xillen. Capturamos a todos los generales y le parece poco. Tú, Xillen, al tomar este bando, debes atenerte a las consecuencias y no sentir ni lástima ni preocupación por el enemigo. Olvídate de tu maldito papel de imparcial y dedícate a lo mismo que nos dedicamos nosotros: ¡a ser guardián!

Xillen me miraba con los ojos salidos de las órbitas, pero yo no podía ni quería contenerme.

 — Estoy harto de tener que pensar por los demás, de preocuparme por vidas que no me atañen, de proteger a un Universo del que ni siquiera tengo idea. Y lo mejor del cuento, defender los ideales de unos supuestos Maestros que ni siquiera se asoman al campo de batalla para ver cómo carajos se resuelven sus propias discusiones. Responde esto Xillen, y hazlo como imparcial que fuiste o eres, como parte de uno de esos seres místicos de los que nosotros no tenemos ni idea: ¿Por qué los famosos Maestros no pelean entre ellos mismos y se matan? ¿Por qué nosotros tenemos que luchar por ellos?

— Vosotros mismos decidisteis aceptarlo...

— Sí, porque teníamos ideales, porque éramos jóvenes y estúpidos. Pero los tiempos han cambiado. Entonces, ¿por qué los Maestros no pelean entre ellos mismos?

No obtuve respuesta. Ella no la sabía. Para ella estas batallas eran tan naturales, como para nosotros desayunar cada mañana.

— ¡Malditos sean todos ustedes! — Grité eufórico. — Me largo de aquí, resuelvan sus propios problemas por sus propios medios, pero yo ya estoy harto...

— ¡Enrique!

— ¿Qué?

— Nadie os obligó…

— ¿Crees que ahora esto importa? Olvídalo, Xillen. Existen diferentes formas de obligar a una persona. No necesariamente por la fuerza. Jugar con su sentido del deber, con su compromiso, con el amor por la vida, con el egoísmo, con sus nervios. En fin, existen tantos medios sin necesidad de usar la fuerza… Y creo… ¡No! Ahora estoy seguro de que ustedes lo sabían todo el tiempo… Me dices que no hay honor en este ataque, entonces explícame por favor: ¿dónde está el honor en todo esto? ¿Cuál es el honor de los Maestros, cuando utilizan a otros para resolver sus problemas? ¿Dónde está el honor cuando tengo que quitar la vida a alguien, para defender la mía, protegiendo los intereses de alguien que a mí no me atañe? ¿No comprendes a los hombres? ¡Pero si ustedes se comportan igual que nosotros! Tan sólo que nosotros ya dejamos de ocultar la verdad de las cosas bajo títulos de honor, fe, credo… Y simplemente los reemplazamos por QUIERO Y YA.

— Estás equivocado, amigo…

No la dejé terminar.

— Si estoy equivocado, Xillen, ¿cuál es el honor de TODA ESTA CONFLAGRACIÓN? ¿Cuál es el sentido de matar y hacerse matar en la pelea de los Maestros? ¿No es esto un “pillaje a media noche” contra el sentido de la vida de los seres del universo?

Hice una pausa, esperando su respuesta, pero esta no llegó. Xillen estaba pasmada, mirándome sin creer o sin asimilar lo que dije, como fulminada por un rayo. Meneé la cabeza con resignación. En ese momento me sentí vacío, al comprender el engaño en el que viví durante siglos.

Maldije en silencio y abandoné el lugar.

 


Encontré a Miguel en la carpa, acurrucado junto al fuego. Todavía no me calmaba, así que comencé a dar vueltas alrededor de la fogata, echando juramentos por lo bajo.

— ¿Qué le pasa? — Preguntó sin demasiado interés.

— ¡Me largo de aquí!

— Sí, todos necesitamos un descanso... — Respondió con tranquilidad Miguel y bostezó.

Ese bostezo me exasperó aún más, pero logré controlarme y sílaba por sílaba le dije:

— Regreso a la Tierra y no pienso volver aquí por ningún condenado motivo. ¡Qué se joda toda el Universo, que se jodan todos los Maestros, que se joda todo lo que este mundo representa!

Miguel me miró boquiabierto, sin saber qué responder.

— Mire Miguel, estoy harto de tanta sangre, estoy harto de matar por un motivo que no comprendo del todo. Estoy harto de perseguir a Heitter y rezar que por una vez, después de alguna escaramuza, su cuerpo aparezca entre los muertos. Y más aún, ¡estoy harto de ser manipulado por unos seres que no sirven para un carajo y que nunca aparecen cuando se les necesita!

Miguel no respondió de inmediato. El silencio fluyó entre nosotros, como anticipando el desenlace.

— ¿Sabe una cosa, Enrique? Cuando llegamos acá, pensé que era un error. Pensé que nunca debí enlistarme. Lo hice por orgullo, por pendejo. Después de la primera batalla y la muerte de JJ, lo que me impulsó a volver fue el deseo de venganza. Quería matar a Heitter. Pero, curiosamente, después de la muerte de Andrés, comprendí que esto no se trata de venganza. No se trata de lo que yo quiero o lo que usted quiera. Ni siquiera se trata de los deseos de los Maestros…

— ¿Cómo que no? — Interrumpí. — Ellos son los que están detrás de estas batallas, de estas decisiones, de las muertes…

Miguel me miró, casi con lástima. Buscó, sin mirar, un leño y lo lanzó al fuego.

— No se trata de los Maestros. Ellos son como nosotros… O por lo menos, fueron nosotros en algún tiempo pasado. También son peones en un juego de ajedrez.

— ¿De qué está hablando, Miguel?

— Esta conflagración no es casual. Recuerde lo que nos dijeron sobre la división de Dios. Nosotros somos parte de Él y por ende, también lo son los Maestros. Esto lo comprendí el día que visité la tumba de Andrés. Esta lucha no es entre los Maestros que quieren ser independientes y los de la unión; tampoco es una lucha entre el bien y el mal. Es una lucha de Dios, consigo mismo. Para comprender mejor Su Creación y por ello, ser parte de ella.

Lo miré estupefacto. Aunque sus palabras tenían lógica, las rechacé.

— Me importa un bledo, Miguel. La verdad, que Dios luche consigo todo lo que quiera, pero que no me involucre más. ¡Estoy mamado! No quiero saber más sobre esto. No quiero ver sangre, no quiero decidir la suerte de mis enemigos, ni preocuparme por la vida de mis amigos. Quiero paz. Simplemente paz.

— ¿Y para qué cree que hemos luchado?

— Ya no lo sé. — Y esa verdad me cayó como un baldado de agua fría. — No lo sé. — Repetí. — Tan sólo sé que Dios o los Maestros nos utilizan. Utilizan nuestras emociones y sentimientos para obtener su propio fin. No quiero saber ni de los Maestros, ni de Dios. ¡Que resuelvan ellos mismos sus problemas y me dejen en paz!

— Usted tiene que entender, Enrique, que nuestra esencia depende de poner fin a esta conflagración. Dios mismo previó todo. Por eso permitió que su cuerpo se contaminara...

— Si es cierto todo eso que nos dijeron sobre Dios y su contaminación, me pregunto: ¿cómo le hemos hecho para vivir sin Él durante quién sabe cuantos eones? ¿Para qué necesitamos que sea malo o bueno? ¿Para qué le necesitamos del todo?

— Enrique, cálmese. Miré que esa decisión puede pesarle el resto de su vida. Recuerde que nosotros somos parte de Él. ¿Por qué no lo consulta con la almohada?

— ¿Y qué cree que vengo haciendo hace cien condenados años? Y le digo esto Miguel: ¡ESTOY MAMADO!

Miré por una última vez a mi amigo y, antes de que él pudiera decirme algo,  dije:

— Si usted es inteligente, Miguel, me seguirá. Si no... — Me encogí de hombros. — Le deseo la mejor de las suertes, hermano.

Después tan sólo deseé...

La oscuridad me envolvió...

Y cuando abrí los ojos...

Estaba en casa...

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