Atravesamos el bosque en un silencio absoluto. Aunque tanto Miguel como Andrés se dieron cuenta de que algo no marchaba bien, mantuvieron un respetuoso disimulo. Yo evitaba el contacto con Xillen y eso se notaba. Pero ella tampoco me buscaba. Me imagino que acostumbrada a permanecer siempre en la mitad y dar consejos únicamente cuando se los pedían, no tomaría la iniciativa. Bueno, ella quería conocer como era la vida ahí abajo y le proporcionaba una muestra. Sin embargo, me sentía sucio. Sentía como si con mi actitud profanara algo sagrado, cometiendo un sacrilegio. Pero no me importó. Me comportaba como un verdadero terco, lo sabía, me asustaba y a la vez me alegraba de hacerlo. Estaba cansado de ser utilizado por estos seres superiores para su propio provecho y quería vengarme de esta manera tan mezquina, pero sabiendo que por lo menos en esta ocasión no tenía que seguir su juego.

El día desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Demasiado rápido para mi gusto. Nada extraordinario pasó, sin contar que a medida que nos acercábamos, la sensación de maldad se hacía cada vez más fuerte. Hubo momentos en los cuales se nos dificultaba caminar, por que temblábamos del físico terror que nos inspiraba esa maldad. Pero la presencia de Xillen entre nosotros disminuía el poder de esa sensación sobre nosotros, nos calmaba los temblores e infundiéndonos valor, nos obligaba avanzar hacía ella. En ciertos momentos quería acercarme a para indagar sobre esa reminiscencia, más mi propia tozudez me mantenía alejado.

Pero al fin llegó la noche y con ella la oscuridad que aumentaba nuestros temores e inquietudes. Preparamos una hoguera y nos sentamos a su alrededor. Como ninguno tenía hambre, no se preparó cena y tan sólo tomábamos a cortos sorbos un brebaje que me enseñaron a preparar los druidas durante mis batallas con las huestes galas. La hoguera resplandecía con fuerza, inspirándonos un poco de seguridad. Al poco tiempo, el sueño comenzó a vencernos uno a uno. Echamos suerte para ver a quién le tocaba hacer la primera guardia y recayó en Andrés. Nos acomodamos sobre el suelo y en seguida nos dormimos, mientras que nuestro amigo se apoyaba contra un árbol para hacer su turno.

 


 

El suave toque de Andrés me despertó. Todavía era de noche y quedé desconcertado al principio. Me indicó con un ademán que guardara silencio y se inclinó sobre Miguel y enseguida sobre Xillen, repitiendo el mismo procedimiento. Nos reunimos cerca de la hoguera, que ahora estaba apagada. Susurrando, nos explicó que a unos cien metros se encontraba una patrulla de algún ejército. Al preguntarle Miguel si era el enemigo, Andrés se encogió de hombros.

— Bueno, tendremos que investigar. — Dije, resignándome a los hechos.

— Son de los nuestros. — Replicó Xillen y sonrió. — ¿Acaso los nuevos poderes que adquirieron esta mañana no les dicen nada? La maldad no emana de ese ejército que se encuentra cerca. Está más allá. — He indicó con la cabeza al norte.

Nos sentimos un poco avergonzados, pero no replicamos.

— Ya está amaneciendo. — Rompió el incómodo silencio Miguel. — Esperemos a que amanezca del todo y nos reunimos con el ejército. — Se recostó contra el árbol y cerró los ojos. — No quisiera que nuestra propia avanzada nos eliminara, confundiéndonos en la oscuridad con el enemigo.

— Eso no pasará. — Repliqué.

— ¿Cómo estás tan seguro? — Miguel era definitivamente un terco.

— Ellos nos esperan a nosotros. Recuerda que nada pasará mientras nosotros no nos encontremos en el campo de batalla, frente a un ejército. — Le expliqué.

— Eso no es del todo cierto, amigo mío.

— ¿Qué quieres decir con eso, Xillen?

— Siempre existe la posibilidad del enfrentamiento,  exclusivamente entre guardianes. En otras ocasiones ya ha pasado. — Xillen se mostraba demasiado reacia para mi gusto. Su modo de tratarme cambió desde nuestra conversación. Yo lo sentía y me dejaba un mal sabor en la boca.

— Bueno, ¿entonces qué hacemos? — Preguntó Andrés.

Nadie respondió a esa pregunta. Xillen y yo evitábamos dar una respuesta y Miguel, sintiéndose entre dos fuegos, también calló. Andrés nos miró, suspiró y recogió una manta del suelo.

— Ya que nos vamos a quedar un rato, voy a dormir un poco mientras alguno hace guardia. Buenas noches. — Y se acostó.

Miguel nos miró otro rato y luego siguió el ejemplo de Andrés. Quedamos ella y yo, enfrentándonos. Nos miramos durante lo que pareció una eternidad. No había rencor en las miradas, pero sí una notable incomprensión. Encendí de nuevo la fogata.

— ¿Qué es lo que te pasa, Xillen? ¾ Pregunté, mientras la encendía.

— Nada, amigo mío. Más he pensando en tu respuesta y me duele reconocer que del todo no me satisface. Tal vez ello se refleja en el mío comportamiento para contigo. Si así es, te pido disculpas. — Dijo con la sencillez de una niña.

— No tienes porque hacerlo. Yo también fui grosero contigo y pido perdón. Pero entiende, Xillen, que lo que dije es por tu bien. Conozco la humanidad, puesto que formo parte de ella, y no quiero que su influencia te deje marcada. — Ella trató de decir algo, pero no se lo permití. — Piensa que nosotros, tarde o temprano regresaremos, pero tú permanecerás aquí.

— Agradezco tu preocupación por mi bienestar, amigo mío. Más tengo que aprovechar esta oportunidad que se me presenta, por vez primera, en muchos siglos. Ya tomé la decisión y así decidas acompañarme o no, iré. — Se sentó en la tierra fría y comenzó a reanimar la hoguera. — Siento mucho que mi decisión te afectase de esta manera y entiendo la angustia que sientes. Iré de todas maneras. — Dijo de modo cortante sin permitirme objetar de nuevo.

El silencio fue largo. La madera que alimentaba el fuego comenzó a crepitar y la luz arrancaba sombras de nuestros rostros, lanzándolas a la oscuridad. El amanecer estaba al alcance de la mano y el bosque comenzó a despertar. Me acerqué al fuego, de cuclillas, y extendí las manos buscando el calor de las llamas. Intentaba tomar una decisión respecto a Xillen. Podía dejarla ir sola a mi mundo, pero temía por su seguridad y la interpretación que le daría a los actos que nosotros cometemos diariamente sin preocuparnos, pero que le afectarían directamente.  Sin embargo, esa forma de exponer su deseo, lo convertía poco menos que en una orden. Sentía que era mi obligación acompañarla y no quería. Tal vez por egoísmo, pero no quería. La miraba, mientras que ella, recostada al lado de la hoguera, se perdía entre las llamas que danzaban alegremente.

— Bueno, Xillen. — Dije con pesar y una pizca de remordimiento. — Si es así como te sientes, nada puedo hacer al respecto. Pero yo no quiero ir, no porque no quiera acompañarte sino que cada vez que regreso, me destrozo mentalmente. No quiero volver hasta que todo termine.

— No te obligo a que me acompañes, amigo mío. Interpretas mal mis palabras.

— Esa es una de las cosas que aprenderás cuando llegues a mi mundo, Xillen. Una misma frase tiende a tener un sinfín de significados. Y estos pueden ser mal interpretados...

Quise completar la frase, pero me interrumpí. Al fin y al cabo no había necesidad de explicarle, cuando ella aprendería a su modo. Me recosté en el suelo y, apoyándome en los codos, miré el cielo. Las estrellas comenzaban a desaparecer entre la luz del amanecer que se cernía sobre nosotros. La luna, más pálida de lo acostumbrado, se despedía del mundo hasta la siguiente noche, con su fantasmal fulgor.

— ¿Crees que encontraremos a Heitter, por fin? — Pregunté.

— No lo sé, amigo mío. Así como él puede encontrarse entre aquellos con los que nos vamos a enfrentar, así como no. Entiendo que es tu deseo el destruirlo con la mayor presteza posible, ya que entiendes que así se acabará este enfrentamiento. — Hizo una pausa, lanzó una rama a la hoguera y continuó. — No es así. Hay otros guardianes y tendrás que enfrentarte a ellos también para acabar con este enfrentamiento, hasta una nueva ocasión.

— Eso ya lo sé, Xillen. Pero también sé que Heitter es el jefe de ellos. — Ella me lanzó una mirada inquisitiva. — No me mires así. Eso lo sé desde hace mucho tiempo. Él es quien los organiza y dirige. Presiento que eliminándolo, nuestras posibilidades incrementarán. — Miré la hoguera, concentrándome en las llamas. — Tal vez tengo una obsesión con Heitter. Es verdad que me siento traicionado, herido y un sinfín de cosas más. Pero también fui testigo de cosas que jamás creí posibles. Todas estas se desarrollaron ante mis ojos... aquí. No tengo una explicación lógica para ellas, además de la que tú me das... Pero él es mi preocupación principal y con su muerte, encontraré la paz que estoy necesitando...

Ella escuchó mi pequeño discurso en silencio y no dijo nada. Tampoco insistí en que lo hiciera. Era difícil reconocer para mí la necesidad de eliminar a Heitter. Hasta ahora, esa posibilidad surgía cuando me sentía furioso o afligido. Nunca analicé la situación con sangre fría, como ahora.

El anaranjado color que tomó de repente el cielo, nos informó de la llegada del amanecer. El astro rey salía perezosamente, iluminando el mundo con su cálida luz, invitando a despertarse y disfrutar de un nuevo día. Miguel abrió los ojos tan pronto la luz posó sus débiles pétalos sobre ellos. Miró a su alrededor y se levantó para saludarnos. Andrés luchó un poco con el amanecer, dándose la vuelta y hundiendo la cara en el pasto, más el mismo bosque, con sus ruidos matinales, se encargó de regresarlo a la realidad, del mundo de los sueños en el que se refugiaba. Gruñó malhumorado, pero después de varios intentos fracasados, también se levantó.

Después de unos cuantos sorbos de un brebaje que preparó Xillen, mientras Andrés se despertaba, nos dirigimos hacia la patrulla que nos esperaba.

 

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