Las montañas rodeaban todo el pueblo.
El cielo y el mar se unían bajo él.
Verdor había en todas partes.
Mas condenado estaba a perecer.

Muchos fueron los años de alegría.
La tranquilidad llenaba el lugar.
Las montañas protegían de los enemigos.
La Naturaleza daba lo que había que dar.

Mas siempre, como en un cuento de hadas,
El mal no podía dejar pasar la oportunidad.
Llegó disfrazado de lo que más el pueblo necesitaba.
Pero curioso es que nunca se llegó a manifestar.

Llegó un día de fiesta alegre.
Vestido de capa negra y bastón.
Plantó su tienda en medio del pueblo.
Con nadie habló y a nadie saludó.

La gente comenzó a interesarse,
Y llegaron hasta él para indagar.
Mas el mal se limitaba a mirarles
Sin contestar lo que ellos llegaron a preguntar.

Al principio reinó el desconcierto.
¿Quién será el hombre aquel?
Aquel que mira sin emociones, mas
Sin pronunciar palabra se hace notar bien.

Quizás el pueblo habría sobrevivido,
Quizás el mal nunca en él lograría triunfar.
Mas la curiosidad quedó sembrada.
Y con ella las discusiones no tardaron en comenzar.

¡Que es el hijo de unos magos!
¡Que no, que es de la ciudad!
¡Que es un dios que ha llegado!
¿Y dónde está su pedestal?

Así, en medio de discusiones,
Vivió el pueblo por un mes.
Y se ennegrecieron sus corazones,
Tan sólo uno logró prevalecer.

El mal, tres días duró ahí sentado.
Tras los cuales se levantó y partió.
Mas su recuerdo se quedó estancado.
Porque ninguno de los hombres lo olvidó.

Y las discusiones que eran palabras,
Muy pronto hechos llegaron a ser.
Y los puños se levantaron muy alto.
Y algunas casas llegaron a arder.

En poco tiempo, menor que un año,
El pobre pueblo desierto quedó.
No soportaron compartir ideas sobre un extraño.
Que extraño llegó y extraño desapareció.

Tan sólo uno quedó en el lugar desierto.
Aquel que nunca por el mal se interesó.
Aquel que se preocupaba por parar peleas,
Más nunca el éxito lo acompañó.

Y sentado sobre las ruinas del pueblo,
Sintió deseos de llorar.
Reconoció que había perdido.
Con dolor recordó la felicidad.

Maldijo en silencio a aquel extraño,
Pero enseguida se percató de su error:
Nunca del extraño fue la culpa,
Sino del mal que los hombres llevan en el corazón.

Alzó las manos al Cielo el desdichado
Y con dolor habló:
- Señor, ¿por qué el mal nos has dado?
- ¡Porque del hombre es la decisión!

La moraleja es muy simple,
Haced el bien y no el mal.
Más no olvidéis lo malo,
Porque seguro les vuelve a pasar.

Jueves 2 de Febrero del 2003

 

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